lunes, 21 de abril de 2008

Vestales

Existen historias que ya vienen resueltas.
Hay metáforas que, de tan evidentes, su descubrimiento genera vergüenza antes que orgullo.
Vaya un ejemplo:

En la antigua Roma, una Sacerdotisa consagrada a la diosa Vesta, recibía el nombre de Vestal. Su ocupación fundamental era guardar el fuego sagrado. La vestal que hubiera estado de guardia cuando el fuego se apagaba, era azotada. Las vestales tenían el privilegio de absolver a un condenado a muerte que encontraran cuando éste era conducido al cadalso, siempre y cuando se demostrase que el encuentro había sido casual.

Hasta aquí llega la historia original. La metáfora es ya demasiado evidente hasta para el más obtuso:

Todos nosotros estamos, de una u otra manera, condenados. Condenados a la muerte, condenados a la desdicha, condenados al fracaso, condenados a la soledad. La mujer amada y, de alguna manera, todas las mujeres son Vestales. Un sólo gesto de Ella podrá salvarnos, de la única manera que podemos vencer a la muerte, a través del amor.

La Metáfora, a pesar de ser demasiado evidente, conserva cierta belleza que no logro descifrar.

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